Javier Ventura
Pinturas

Después de haber vivido en Sevilla (la llana) me fui a Granada- una ciudad con una fisonomía muy diferente a la anterior-, con un sinfín de perspectivas en cuanto a paisaje y estética. Una ciudad con un embrujo muy especial y en la que, como dirían los viajeros románticos, corres el riesgo de quedar atrapado por su belleza. Me gustaba ir al Sacromonte a tomar mi café de la tarde a la cueva del “kiki” (gitano de pura cepa) y desde allí contemplar los infinitos atardeceres de Granada.




After having lived in Seville (the plain) I went to Granada - a city with a very different physiognomy from the previous one -, with a myriad of perspectives in terms of landscape and aesthetics. A city with a very special charm and in which, as the romantic travelers would say, you run the risk of being trapped by its beauty. I liked to go to Sacromonte to have my afternoon coffee in the cave of the "kiki" (a pure gypsy) and from there contemplate the infinite sunsets of Granada.

 



 

La niña del Albaicín era una rosa de oro,

Morena de verde trigo y color de almendra sus ojos,
Color de almendra sus ojos.
La niña del Albaicín vivía en un carmen moro,
Encerrada entre cancelas con llaves y con cerrojos.
Cuando llegaba la noche,
Llegaba también su novio,
Y junto a la celosía
Cantaba siempre celoso
Tengo miedo, mucho miedo
Me da miedo de la luna
Échate un velo a la cara
Cubre tu piel de aceituna
Y apaga tus verdes ojos
Porque son toa mi fortuna.
Porque tengo
Mucho miedo
Me da miedo de la luna
La niña del Albaicín
Subió una tarde a la Alhambra
Y allí la pilló la noche
Llena de luna y albahaca
Llena de luna y albahaca.
Quiso volver y no pudo
La luna le dio en la cara
Y un galán besó su boca
Entre arrayanes y dalias.
La niña del Albaicín
Huyó con el de Granada
Su novio la llora llora
La llora junto a la Alhambra.
Tengo miedo,
Mucho miedo
Me da miedo de la luna.
Se enamoró de su cara
Y de su piel de aceituna,
Se enamoró de sus ojos
Y me robó mu fortuna.
Y por eso
Me da miedo,
Mucho miedo de la luna.

 

 

Autores de la canción: Leon / Quintero





La obra de Javier Ventura contiene el poder de la transformación. El ojo del artista es capaz de ver en una escena cotidiana lo mítico, como si por detrás de lo mundano  yaciera otro mundo, más sublime. Aquí reside  el brillo de la imaginación del artista, una imaginación forjado de la luz de su tierra natura. 

Una cosa que he observado en sus cuadros es como que tuviesen vida propia. Casi no necesitan una iluminación externa; a oscuras, por ejemplo, los lienzo emiten una luz tenue, que va aumentando de intensidad a medida que el alba vence la noche. Ciertamente, todo los cuadros cambien según la hora del día en el cual los observamos, pero la pintura de Javier Ventura aumenta esta sensación de una manera singular. 

Mucho de su obra tiene una relación estrecha con la naturaleza, desde las escenas marítimas de su pueblo natal, hasta todos aquellos lugares donde él ha residido durante su periplo como artista. Esa luz interior que irradia sus cuadros va transmutándose, adquirido nuevos tonos a medida que el viaje avance. Sin embargo, aunque el motivo del cuadro sea un fiordo escoces o un atún del estrecho, la calidad singular de esa luminosidad es un constante. De lo que no deberíamos olvidar es que no estamos delante de un pintor costumbrista. 

Aunque sus motivos artísticos nacen del mundo natural, casi siempre hay un elemento en sus cuadros que nos recuerdan que estamos delante de un artefacto. Formas abstractas, elementos míticos, bocetos de personas esperando a cobrar tridimensionalidad, la imagen de un lienzo dentro del propio cuadro; todos interrumpen lo bucólico para crear nuevas dimensiones abstractas. 

En este sentido, la obra de Javier Ventura es una obra híbrida – las formas del cómic convive con lo épico, el absurdo con el bucólico, el bello con lo anodino. Yuxtapuestos con lo natural con telón de fondo, todos estos elementos despierta una especie de expectación en el espectador, la posibilidad de viajar más allá de lo real para adentrarse en un mundo paralelo. 

Maurice O´conor


Javier Ventura's work contains the power of transformation. The artist's eye can see the mythical in an everyday scene as if behind the mundane lies another, more sublime world. Herein lies the brilliance of the artist's imagination, an imagination forged from the light of his native land. 

One thing I have noticed in his paintings is that they seem to have a life of their own. They need almost no external illumination; in the dark, for example, the canvases emit a faint light, which increases in intensity as dawn overcomes night. Certainly, all paintings change according to the time of day in which they are observed, but Javier Ventura's painting singularly enhances this sensation. 


Much of his work has a close relationship with nature, from the maritime scenes of his hometown to all those places where he has resided during his journey as an artist. The inner light that radiates from his paintings transmutes, acquiring new tones as the journey progresses. However, even if the motif of the painting is a Scottish fjord or a Strait of Gibraltar tuna, the singular quality of that luminosity is a constant. What we should not forget is that we are not dealing with a genre painter. 

Although his artistic motifs are born of the natural world, there is almost always an element in his paintings that reminds us that we are dealing with an artifact. Abstract forms, mythical elements, sketches of people waiting to become three-dimensional, the image of a canvas within the painting itself; all interrupt the bucolic to create new abstract dimensions. 

Maurice O´conor


Granada